Tumbado en la camilla frente al reloj, veía como los segundos caían inexorablemente sobre mí. Ya no había vuelta atrás para ninguno de los heridos de guerra que estábamos en aquella sala. Los enfermos allí reunidos de culo descubierto, por aquel especie de delantal que te hacen ponerte para dejarte literalmente con el culo al aire, sabíamos que el chirrido de la habitación contigua no era otro que el de la rotaflex que sujetaba la mano de un carnicero con estudios: lo único que podíamos esperar es que al menos no tuviera Parkinson, pues la sed de sangre se olía desde lejos: su amenaza se cernía sobre aquel obligado público, que enmudecido llevaba la penitencia por dentro gracias al continuo tragar saliva.
Al escaso pero interminable tiempo me introdujeron en el quirófano la sala de torturas, y sólo me dio lugar a tumbarme decubito prono (boca abajo para los amigos, pero tenía que demostrar que he aprendido algo en la carrera, aunque fuera esto), a escuchar como una de las ayudantes comentaba algo de dejarme el culo afeitado como un mandril (¿entonces para que leche me peino haciéndome la raya en medio?) y a aspirar el gas adormecedor de una mascarilla que supuestamente iba a oler a huevo según la que me la puso, pero un huevo para ella que eso no olía a nada.
Lo que hicieron con mi cuerpo no lo sabía, quizás me habían puesto un chip para destruir a la Humanidad conmutable por tragarme enterito un programa de corazón de esos del sábado por la noche. Si es así, lo siento Humanidad, pero eres tú o yo, y para estos casos no suelo pedir terceras opiniones de tus socios. Y digo esto porque aparentemente no me habían hecho nada, y sólo tendría que esperar allí a que se me fuese el amamonamiento general del gas tsé tsé que introdujeron en mis pulmones, y consecuentemente en mi sangre (si estudié ciencias tendré que aprovecharlo). Luego supe que para un pequeño bultito me habían pasado la tuneladora más grande que tenían que sería la del metro, que estará ahora parada, haciéndome un agujero del que esperarían sacar petróleo a raudales con cuyos dividendos pagarse la demanda que les podría imponer yo como parte perjudicada con mi culo como escenario del crimen y testigo directo. Sin decirme nada más de qué hacer en el post-operatorio, me echaron de una patada de allí (al menos les agradezco que no fuera en el culo).
Fue salir y tenía tanta hambre que quise comerme un brazo gitano pero me dijo mi madre que: 1) mejor un mollete con jamón y no dulces y 2) que dejase de intentar morderle el brazo a aquel señor. Como las madres, sobre todo cuando invitan, tienen más razón que una santa, no osé discutirle y acudí puntual a la cita con el rojo manjar, y me sentí como si después de estar 15 horas sin comer, le hubiera incado el diente a un mollete con jamón, exactamente.
El día siguiente lo pasé decubito prono (ahora ya os lo sabéis) en mi cama jugando a la PSP, mientras alteraba las curvaturas fisiológicas de mi ya de por sí dañada columna sometiéndola a una hiperlordosis extrema (elevando el tronco para los amigos). Y fue entonces cuando noté que empecé a sangrar, y a sangrar, y a más sangrar. Y ahí descubrí lo que es ser mujer, lo poco que gusta y sobre todo las pocas ganas de bailar que te dan cuando te sientes chof. Me puse una compresa gorda tipo pañales sin marca (que para marca, con la cantidad de sangre que estaba echando, la que le iba a hacer yo) y se bebió en un santiamén todo el cuerpo de cristo que emanaba (que gore la Biblia, por cierto), con ese color a tinto de verano. Y luego invité a sus amigas, compresas de profesión, a que se sumaran a la fiesta como si de un banquete de tiburones se tratase. En la primera cura me dijeron que no me podía meter en el agua de piscina ni de mar, hasta pasado bastante tiempo, puesto que la herida estaba abierta. La verdad es que no hacía falta que me prescribieran eso porque era evidente, puesto que con la sangre que estaba echando los tiburones iban a ir a mi barrio y hasta iban a llamar al porterillo preguntando por mí, a ver si me bajaba un ratito a jugar con ellos.
Por lo visto lo de echar tanta sangre no era normal, pero como nadie me avisó de lo que lo era o lo que no, pues no fui de inmediato al hospital y me guié por mi sentido común (que es poco, y menos cuando pierdo tanta sangre). Después de que mi madre le enseñara la cantidad de compresas manchadas a los médicos (aunque estaban rojas al completo), muchos pensarían “tanto estudiar, para esto”. Pero al cabo de los día fue remitiendo y las palabras halagüeñas de los enfermeros en las curas, me daban cierta tranquilidad. Y digo enfermeros porque en los primeros días tuve a un enfermero por cura (de curar, no de los que exorcizan), y cada uno hacía lo que le daba la gana, con productos diferentes, y de forma diferente. Al final la culpa resultaba que era mía por operarme en verano. Al respecto decir, que también me lo comentó otra persona más, y digo yo que no cayó en la cuenta de que si lo hubiera hecho así tendría suspenso todo el curso por no poder hacer las prácticas. Pero en algo sí que les doy la razón, esto hay que dejarlo para cuando uno esté trabajando y pillarse una baja, porque al menos te da una pequeña alegría.
Y hasta hoy he pasado por sentarme en un flotador de Winnie de Pooh y Tiger (descubriendo así el nombre del amigo de Winnie el mierda: lo sé, no tuve una infancia común) que por cierto pinché, a una almohada, y a nada (sólo las gasas). Espero que cierre pronto la herida y me pueda dar siquiera un bañito en condiciones, que hasta en la ducha cuando me metía tenía que hacer malabares hasta hace poco, para no mojarme la zona (ahora ya si puedo y así me ahorro los tirones al quitarme el esparadrapo, que por cierto se agarra con más fuerza que un bebé cuando trinca cojones ajenos, una mierda para el Super Glue).
Todo pintaba tan idílicamente bien, tan perfecto y estaba tan de buen humor, que mi madre se atrevió a contarme una conversación con la madre de un compañero de colegio de la infancia cuyo padre había tenido algo similar y se le había reproducido 5 veces, las mismas que le habían operado. Gracias mamá, por avisarme de los peligros que se pueden cernir sobre mí tras un mes de no moverme para no tener futuros problemas y sobre todo gracias por poner mosquiteras, porque el desconocimiento de su mecanismo de izado repelieron mis ganas de tirarme por la ventana, y el balcón… me pillaba demasiado lejos.
by AIRON
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